Necesidades Básicas Humanas

Todo ser humano posee un conjunto de necesidades primarias cuya satisfacción es indispensable para la existencia: comer, dormir, vestir, respirar, reír y otras de orden biológico. Es fundamental entender que la manera en que logramos satisfacer estas necesidades es un factor determinante en nuestra calidad de vida. Las circunstancias personales de cada individuo son, además, un factor crucial a considerar. Por ejemplo, si una persona se ve obligada a residir en un entorno donde la calidad del aire es pésima, es altamente probable que desarrolle afecciones respiratorias.

De forma similar, si la escasez de recursos le permite alimentarse solo una vez al día con una porción pequeña y deficiente en nutrientes, su estado será, con toda certeza de debilidad y enfermedad. Por ende, su organismo no podrá mantenerse en óptimas condiciones, ya que sus necesidades básicas no están siendo cubiertas adecuadamente, en este caso, como consecuencia directa de la falta de recursos.

La Necesidad más Profunda

No obstante, lo anterior, existe una necesidad más trascendental que el aspecto biológico: la de cultivar la espiritualidad de forma correcta. Esta verdad fundamental es que todos los seres humanos poseemos una necesidad espiritual intrínseca, aunque no todos seamos conscientes de su existencia. Precisamente, la manera en que este vacío existencial se gestiona en la vida personal resulta determinante para la salud emocional.


En analogía con la esfera biológica, la imposibilidad de satisfacer correctamente las necesidades espirituales provoca un debilitamiento emocional y el consecuente deterioro de la salud. De hecho, dada la magnitud de esta necesidad espiritual humana y la poca atención que históricamente se le ha prestado, desde la antigüedad han proliferado individuos sin escrúpulos. Aprovechándose cínicamente de esta vulnerabilidad, han concebido todo tipo de ideologías, religiones, mentiras y estratagemas con el fin de obtener lucro a costa de la desesperación humana.


Lamentablemente, una persona que lleva días sin ingerir alimento buscará llenar su estómago con lo primero que encuentre, sin cuestionar su preparación o valor nutricional. Su apetito es tan voraz que anula el discernimiento. De igual modo, quien padece de insomnio prolongado o privación del sueño dormirá sobre el piso, sentado, recostado o incluso de pie, pues su agotamiento es tal que no esperará a hallar un lecho adecuado para el reposo.

El mismo principio, dolorosamente, aplica a nivel espiritual: cuando un individuo está atrapado en un ciclo prolongado de depresión, adicciones, traumas, heridas emocionales, baja autoestima, problemas financieros, ansiedad o conflictos matrimoniales.

Esta es una persona agotada, abrumada y sin esperanza ante las adversidades que enfrenta, que buscará con desesperación una vía de escape, un alivio o un cese a sus problemas, y se aferrará sin reservas a lo que sea que le ofrezca un mínimo atisbo de solución. En su desesperación, simplemente acogerá cualquier ideología, fórmula o doctrina religiosa que le
prometa un alivio rápido para huir de su estado deplorable, sin detenerse a examinar a fondo lo que se le ofrece. Jamás se dará a la tarea de corroborar la veracidad o el beneficio real de la propuesta, pues su estado emocional lo ha invalidado para el juicio crítico.


De esta manera, al igual que quien ayuna por días podría ingerir algo que, lejos de proveerle beneficio, le cause un daño aún mayor, la persona desesperada adoptará la solución «mágica» que le presenten, ignorando que el costo de esa elección apresurada puede ser excesivamente alto.

La solución cohesionada

Así, las generaciones avanzan dejando una estela de infelicidad. Al adherirse a ideologías o doctrinas religiosas cuyos recursos son insuficientes para el desarrollo humano pleno, en lugar de hallar plenitud, simplemente sustituyen unos traumas por otros. Transitan de una religión a otra, de una congregación a otra, pero los vacíos existenciales permanecen.


Es cierto que, en ocasiones, estos vacíos pueden llegar a adormecerse o a disfrazarse superficialmente, pero nunca llegan a resolverse.

«Por ello, dedicar unos minutos a la lectura bíblica diaria, por breve que sea el tiempo y sin importar la versión que se utilice, constituye la manera más efectiva de comenzar a cultivar la esfera espiritual»

Hubo un hombre que no sabía leer, de modo que siempre que le llegaba una carta de su enamorada, acudía con su vecino para que le hiciera el favor de leerla, y así pasó un tiempo. Cierto día, cuando el vecino abrió la carta, puso una cara de asombro e hizo unos gestos demostrando mucha tristeza. El hombre enamorado, con desesperación, le preguntó: «¿Qué pasa? ¿Qué dice la carta? ¿Por qué no lees?» Le dijo el vecino: «Esta vez no tiene caso leer la carta. Tu novia terminó la relación, no quiere saber nada de ti». Y el hombre comenzó a llorar. Casi inmediatamente, el vecino soltó una gran carcajada y le dijo al hombre enamorado: «No es cierto lo que te dije respecto a la carta, solo lo hice para mostrarte lo importante que es aprender a leer, pues mientras no domines la lectura, nunca podrás comprobar la verdad por ti mismo y siempre tendrás que aceptar como verdad lo que otros te digan».


En conclusión, y como la anécdota lo ilustra, el camino hacia la auténtica libertad espiritual se inicia con el estudio de las Escrituras. Mientras el individuo no practique esta disciplina, estará obligado a aceptar como verdad lo que otros le transmitan y, lamentablemente, permanecerá vulnerable a tradiciones populares que, aunque famosas, resultan
insuficientes para nutrir su necesidad espiritual de manera adecuada.

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